Desde los orígenes, la humanidad ha tenido que hacer frente a una cuestión fundamental: la forma de preservar y transmitir su cultura, es decir, sus creencias y conocimientos, tanto en el espacio como en el tiempo.

El planteamiento de esta cuestión supone: por un lado, determinar la forma de garantizar la integridad intelectual del contenido de la obra y la conservación del soporte en el que fue plasmada, y por otro, encontrar el medio por el cual se mantendrá inalterada la intención o finalidad para la cual se concibió.

Pero el papel tardó cientos de años en reemplazar al bambú y la seda, fue hasta finales del siglo II d. que la corte imperial lo usó en cantidades importantes.

Esta innovación no se propagó fuera de China hasta el 610 d. aproximadamente, y alcanzó Europa a través de España hasta el siglo XII.

La escritura egipcia, que perduró más de tres milenios, mediante jeroglíficos, representaba ideas abstractas, objetos, palabras, sílabas, letras y números. Otros pueblos, como los hititas y los aztecas también tuvieron tipos propios de escritura.

La escritura china más antigua que se conoce son 50000 inscripciones sobre conchas de tortuga que incorporan 4500 caracteres distintos, y data del 1400 a. en el yacimiento de Xiaotun, en la provincia de Henan.

Posiblemente, gran parte de las tradiciones y leyendas han tenido semejante inicio.

Esta transmisión oral tenía el inconveniente de los «ruidos» que deformaban el mensaje.

La palabra hablada es la manera más antigua de contar historias.

Mediante fórmulas de valor mnemotécnico​ se estructuraban narraciones, que pasaban de generación en generación como valiosa herencia cultural de los más diversos grupos humanos.

Los orígenes de la historia del libro se remontan a las primeras manifestaciones pictóricas de nuestros antepasados, la pintura rupestre del hombre del paleolítico.